Archive for mayo, 2011


“La Vieya”

De nuevo, mientras rebuscaba entre los estantes de la biblioteca de La Casa de Piedra, en Colombres, buscando retazos de nuestra historia, de nuestro pasado y de las creencias y leyendas que regían esta tierra, cayó entre mis manos este relato…

Hablando hace años sobre las leyendas de su pueblo con un anciano asturiano, de los de misa diaria, decía él:
<>.
Arturo González – Mata

Hubo una vez, hace muchísimo tiempo, una vieja giganta tan alta como el cielo. Vivía en la cima de las montañas donde siempre está nevando, y de allí bajaba cada invierno para cubrir la tierra de blanco. Dominaba los elementos: la lluvia, las heladas, la nieve y los grandes calores. Al comienzo del año decretaba cómo iban a transcurrir las estaciones: con una palabra suya podían perderse las cosechas y perecer los ganados. Era dueña del año y señora, por tanto, del tiempo. Llevaba consigo un huso de hilandera con el que hilaba el destino de los hombres.
La giganta modeló el paisaje a su gusto cuando el mundo era aún joven. En ciertos lugares dejó plantadas rocas gigantescas como su huso, en otros marcó la huella de su pie sobre una peña. Fue madre de dioses y de ella nació también la humanidad. La gente la temía pero también la amaba porque a veces se apiadaba de sus hijos, favorecía las cosechas, curaba las enfermedades y ayudaba a concebir a las mujeres estériles. Se levantaron santuarios en los lugares donde se mostraba con un rostro más amable, y los peregrinos acudían a las playas, las rocas llamativas y los manantiales a pedirle favores.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Llegaron otros dioses que arrinconaron a la vieja hilandera. La gente no la olvidó por completo, pero mezclaron poco a poco la vieja y la nueva religión y finalmente la giganta se convirtió en recuerdo vago, desperdigado en mil rincones de la memoria: un nombre de lugar, una costumbre supersticiosa, una leyenda incompleta…

Anuncios

Este paisaje de Asturias es una interminable catedral, de grandiosidad abierta y de misterio sellado, con nves como caminos, y pilastras como montes, y bóvedas como nubes… El esplendor de la naturaleza en ella se enmaraña, se revuelve, se cima de afiladas cresterías y se rompe en gargantas formidables y pradecillos sencillos, bosques profundos y llamadas claras, senderos maravillosos y vallecicos risueños…
En lo hondo de las gargantas y a lo largo de los campos, los ríos espejean unas veces con blandas serenidades y otras rugen se encrespan, y rasgan el azul de sus corrientes contra el filo de las rocas, cercándolas de rabiones… Son ríos de belleza y poesía, hinchados de un azul tierno y sedoso; de turquesa cuando fluyen, de cobalto si descansan; ríos presos de enormes hendiduras, que los aprietan y tunden, y que suspenden sobre ellos colgajos de cantales y de líquenes; ríos que a trechos se hunden, allá abajo, despeñándose, inflamándose, poniendo en cada roce un estallido y en cada gota un estrépito, y azotando los muros del hondón con brazos de agua espumosa, y a trechos bajan la voz, calman la furia, tiéndense más anchos e intensifican su azul, y lo hacer parecer nube del cielo engastada en la montaña…

corre corre

¡Ríos de poesía y de belleza, quizá los más hermosos de los ríos!… Entre los murallones temerosos son como serpenteos de turquesa que debieran cuajarse de estrellitas… Allá arriba, persiguiéndolos, a veces asomándose a su cauce, a veces huyendo de él, corre la culebrilla de un sendero, y cuando llega a una comba y domina una extensión, la culebrilla se empina para otear el paisaje… Promontorios espantosos, amontonados y concatenados como si hirviera la tierra, como si se quisieran empujar, como si en esta inmensidad de cumbres todas se pretendieran empinar arremolinando lastras, multiplicando los erizamientos y esperando los escajos… socavones carminosos donde cada pedrusco es una gárgola y un fleco cada helechal… Cascajeras que juntan los pedruscos, y las tierras, y los árboles de los desprendimientos de las rocas… Y luego, pradecillos verdeantes y hayas, y enebros, y alisos… Y luego, robles gigantes, de tronco retorcido como cuerda y raíces poderosas, que se enredan en los los campos como inmensos tentáculos de pulpo… Y luego los caminos deleitosos y los valles sosegados, donde todo rumor es una música…
Naturaleza bárbara y sublime, que fuerza al pensamiento a recogerse con temores y humildades, ya se envuelva en bravuras y altiveces, ya en suavidades y gracias… Mar de piedra lleno de olas cuajadas en un día de galerna, lleno de abrumadora majestad… Mar de césped lleno de olas, perpetuamente rizadas, que rumian pepetuamente las eternas armonías… Materia que parece acometer, levantarse, florecer con arrogancia titánica, segura de su poder, convencida de su impetuosidad, repleta de sus prodigios… Ante ella sólo cabe descubrirse, inclinar la cabeza y balbucir con palabras…

Bosque astur
….
Pero el paisaje de Asturias está lleno de sabia mitología, Una historia en cada uno de sus riscos; una ruina en cada uno de sus valles; un monumento en cada mesetón y un “encanto” en cada fuente… Las raíces del pasado, vivas, enmarañadas y visibles, prestando chorros de jugo al tropel de aspiraciones que se encaminan hacia el porvenir.

“La mitología asturiana” , Constantino Cabal